Home / Esoterismo / La aureola y el aura

Aunque pueda parecer que proceden de una representación común e idéntica, y aunque las confundimos a menudo por tal motivo, la aureola y el aura son, en realidad, dos elementos totalmente distintos.
De entrada, la distinción entre la aureola y el aura reside en que, a pesar de las apariencias, ambos nombres, que designan sin embargo elementos parecidos, no comparten una etimología común.

La aureola, símbolo de Gloria Divina y Luz Espiritual

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Aureola

«Aureola» viene de una raíz latina derivada de una expresión, aurea coronna, que designaba una corona de oro simbólica usada en la Antigüedad, principalmente por los hebreos, que la empleaban en rituales agrícolas para celebrar la abundancia de las cosechas -hechos suficientemente excepcionales para que el pueblo hebreo se detuviera ante ellos porque raramente eran agricultores y sedentarios, sino más bien pastores, criadores y nómadas-, y en Grecia, en los rituales dionisíacos, para celebrar los favores y la embriaguez obtenidos gracias a la vid y al vino, donde los sacerdotes lucían coronas de mirto. Se sabe que, posteriormente, los emperadores romanos también llevaban una corona de hojas de laurel grabadas con el oro más fino. De modo que en el cruce de las religiones romanas y judía, donde nacería Josué convertido en Jesús, y luego más tarde en Jesucristo, que según los Evangelios llevaba una corona de espinas, el aurea coronna, o corona de oro, se convirtió poco a poco en aureus, es decir, «ceñida de oro puro», después áurea, es decir, de color dorado y finalmente aureola, que, en el siglo xiv en romance antiguo ya se escribía «aureola», para terminar, a partir del siglo siguiente,
convirtiéndose en la palabra tan cotidiana que conocemos hoy día. Designa un halo de luz dorada, casi siempre representada en la imaginería cristiana en forma de corona o rodeando la parte superior de la cabeza y flotando encima de la de Jesús, la Virgen, los santos y también sobre los ángeles.
Sin embargo, este halo que simboliza la Gloria Divina y la luz espiritual, es decir, lo más elevado, o más alto, noble y puro que existe en el espíritu humano, fue sugerido a los cristianos por la atenta lectura del Antiguo Testamento que, especialmente en los textos del Éxodo y a propósito de Moisés y Aarón (Éxodo, 16, 10; 28, 16; y 34, 29-35), menciona el nimbo de la gloria, una diadema de oro o un florón de oro puro, o incluso el rostro de Moisés, cuya piel brillaba después de observar la zarza ardiente en el monte Sinaí. Mucho antes de la era cristiana, también en Grecia existían los dioses del Olimpo, representados con aureolas o, para ser más exactos, nimbos luminosos o coronas de oro y luz, especialmente en determinados mosaicos donde estaba representado Helios, divinidad del Sol, pero igualmente Apolo en su carro dorado, también dios solar pero de carácter humano y, por supuesto, Zeus, el dios supremo del Olimpo. Así, a partir del siglo VI de nuestra era, en el imperio cristiano, que nacía de las cenizas del imperio romano, todos los ángeles y todos los santos se representan sistemáticamente con una aureola, que se convierte casi en un paso obligado, una regla canónica a la que deben someterse todos los pintores que pintan una tela o un fresco donde figuren ángeles y santos.

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